Aprendiendo del sector audiovisual digital

Existen pocos sectores en los que la transformación digital sea tan evidente como en el cine o la música. Es un ejemplo excepcional porque vivimos una época de transición prolongada, de un modelo que se resiste a irse frente a otro que presiona por entrar en el sector audiovisual digital.

Tenemos mucho que aprender del mismo en nuestras empresas.

¡Importante! Este artículo utiliza hitos del sector como mero vehículo narrativo, no es una lección de historia precisa ni mucho menos una reflexión sobre las idas y venidas del sector (que, lógicamente, son complejas y no se pueden simplificar de esta forma).

El camino hasta un sector audivisual digital

La música y sus ondas

El oficio de músico es tan antiguo como la humanidad, pero el concepto de distribución musical es reciente. Hasta hace muy poco el valor de la música residía en la calidad de la obra y de su interpretación en vivo. Quien tenía suerte era llamado a producir para alguien poderoso que le pagaría bien por hacer un trabajo a medida, como fue el caso de Verdi o Mozart.

Pero la tecnología puso todo patas arriba con la llegada de la radio comercial y, con ella, de algo radicalmente nuevo: la posibilidad de distribuir música de forma masiva. Ni que decir tiene que el sector lo entendió como un desafío desleal, una ofensa y La Mayor Amenaza Jamás Concebida. Los sindicatos de músicos lucharon como posesos por frenar la radio, ese monstruo que robaba la música y la difundía a miles o millones de personas que no habían pagado por una entrada.

Ni que decir tiene que la radio cambio totalmente el paradigma. Pero no la hizo desaparecer, sino que la transformó en un fenómeno global muy rentable con la llegada de la publicidad. Y la música en vivo en vez de menguar se vio reforzada porque los músicos que antes eran conocidos solo en su barrio ahora podían ser famosos a nivel regional, nacional o internacional.

La radio estaba, pues, asentada con firmeza cuando llegó la tecnología y dio otro golpe de mano: la posibilidad de distribuir música grabada. Primero el vinilo, luego el casete y finalmente el CD. Nuevamente saltaron todas las alarmas: si alguien podía comprar su propia música, ¿qué sería de su vaca sagrada, qué sería de la radio?

Ni que decir tiene que tras varios años de absurdas peleas por mantener el status-quo, el sector encontró una fórmula mágica: la radiofórmula, la radio al servicio de vender discos. ¿Y quién vendía los discos? Las compañías discográficas, lógicamente.

Y llegó Internet. El tsunami llegó con los modem caseros y los formatos de compresión como MP3, que hacían posible la descarga de música desde casa: el coste marginal de distribuir música se colapsaba y, con él, la principal fuente de ingresos de las discográficas. Y no había apenas mecanismos de defensa porque, exceptuando a los audiófilos consagrados al HiFi, el sonido comprimido de un MP3 se consideraba suficientemente bueno por la gente normal en sus escenarios de escucha habituales (en coche, en casa, con auriculares baratos…).

Lo que la tecnología trajo, la tecnología se llevó. 100 años atrás no había distribución, y no había ingresos. Llegó la radio, y hubo dinero (emitir a muchos y cobrar por publicidad). Llegó la música grabada, y hubo dinero (vender música individualmente en forma de discos). Ahora con Internet la distribución es global, instantánea y gratuita, ¿qué se podría vender?
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El mundo cinematográfico

En los orígenes, hace ya muchos siglos, existía el teatro. Ganarse la vida en el sector implicaba ser parte activa en la producción (como actor, vestuario, etc.), o escribir las obras.

La llegada del cine con el siglo XX, pese a ser mudo y en blanco y negro, fue un éxito que rápidamente generó una industria propia y generó las envidias (y el desdén) del gremio del teatro. El cine era una innovación radical en sí misma pues permitía grabar una interpretación para después reproducirla multitud de veces ante públicos distintos. La definición práctica de una economía de escala permitida por la tecnología. Y, por cierto, anterior a la radio.

Llegó el sonido y luego el color, seguía el auge. Llegó el VHS y fue abrazado rápidamente como medio para llevar el cine a casa. Éste se hizo mucho más comercial, internacional, y con la llegada de Star Wars un fenómeno de marketing global complejísimo en el que la película en sí solo era la base sobre la cual generar beneficios por emisiones en TV, ropa, banda sonora, pósters…

Entrada la época de Internet, la industria cinematográfica contó con la ventaja del tiempo: cuando ya se pirateaba música todavía quedaban unos años hasta que el ADSL y el DivX permitiesen la descarga de películas completas. La industria contaba, además, con otro as en la manga: la experiencia premium, primero en la sala de cine y después en casa. Los DVD, Bluray y próximamente Bluray Ultra HD (4K) han sobrevivido en un mundo en el que el CD ya hace mucho que está de capa caída. ¿La clave? Una calidad imposible de replicar en descarga o streaming, incluyendo las opciones legales.

Todo esto no les libró de la transformación del sector, por supuesto, pero sí les dio más tiempo para reaccionar.

El audiovisual es mucho más que música y cine, pero son más que suficiente de momento. Dejamos fuera la televisión (un fenómeno que varía mucho de país a país, nada tiene que ver España con UK ni este con EEUU…) o los videojuegos (que darían para otra gran historia), entre muchos otros.

¿Y mi empresa, qué? ¿Dónde está la moraleja?

Todo parece apuntar que los modelos de streaming por suscripción se están consolidando, y aunque piratería sigue siendo un problema (y seguirá siéndolo), alternativas legales como Spotify, Netflix o Yomvi ya son comunes y aceptadas.

Ya no se vende música o películas: se vende el acceso a servicios de valor añadido. Las personas pagamos por la conveniencia del servicio, por qué sea inteligente, rápido y fiable. Pagamos por uso, las canciones y películas se nos ofrecen en forma de “alquileres condicionados”.

Por cierto, importante, las canciones y las películas nunca fueron nuestras. Nuestro era el disco, el plástico, no la propiedad intelectual de dentro. Pero las sensaciones en marketing lo son todo: los discos “parecían” nuestros, y entendíamos que debíamos pagar por ellos. En el mundo de Internet es tan evidente que el producto no es nuestro y que solo pagamos por la distribución que a al consumidor les cuesta horrores entender porque no pueden descargar libremente si ya pagan por su fibra o su ADSL.

Resulta que, en definitiva, toda esta historia del sector audiovisual no es sino un fiel reflejo de la transformación digital que afrontamos todos en nuestras empresas y de la cual tenemos mucho que aprender:

  • Los modelos de negocio están evolucionando hacia los servicios de valor añadido.
  • El producto físico cada vez aporta menos, y en algunos casos sobra.
  • La tecnología nos da la posibilidad de abrazar el cambio y ser líderes.
  • El cambio cada vez es más rápido, ¡prepárate para cambiar a menudo!

Y recuerda que ante todo desafío tecnológico la respuesta natural es pelear contra el cambio, criticar el cambio, hacer lobby contra el cambio y, finalmente, morir presa del cambio. ¿Quién gana? El que se para a pensar y se adapta.

No seas como Kodak, que pasó de ser el líder mundial en fotografía analógica a la irrelevancia absoluta en fotografía digital (y ojo, que Kodak trató de transformarse, pero es que transformarse no es fácil).

Y más grande eres, más complicado resulta gestionar el cambio. Que se lo digan a El Corte Inglés.

About the Author

Fernando Manero

Consultor freelance especializado en estrategia y tecnología.

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